jueves, 21 de julio de 2011

Breve historia sobre el origen de las armas de fuego

Breve historia sobre el origen de las armas de fuego
El estudio de los orígenes y evolución de las armas de fuego se halla aún muy lejos de los niveles de profundidad y plenitud que merece. Las razones de la frecuente infidelidad iconográfica y la incertidumbre al fechar con exactitud los objetos  supervivientes, están ligadas al hecho de que casi siempre la historia de las armas ha sido menospreciada en el contexto de la historia militar.
La casi totalidad de las últimas investigaciones, perfectamente recogidas y sintonizadas por Howard L. Blackmore (1965), permiten suponer que las mezclas pirotécnicas conteniendo salitre, carbón y azufre eran conocidas en china desde el siglo XI, y que fueron empleadas como explosivos de escasa potencia. Noticias de dos siglos más adelante revelan cómo algunas de estas mezclas fueron utilizadas como propelentes  en “armas” rudimentarias de bambú, que lanzaban diversos proyectiles. La pólvora y el conocimiento de su empleo, sea como explosivo o propulsivo, probablemente alcanzó Europa a través de los científicos árabes a finales del siglo XII o principios del XIII.
Desde un punto de vista morfológico, las armas portátiles al uso están clasificadas por Blackmore en tres categorías:
1.       De bronce fundido o hierro forjado, fijadas al extremo de mango de madera por medio de un anillo de hierro.
2.       De bronce o hierro con una mortaja en la culata para insertar un asidero de madera.
3.       De hierro, con la culata perfilada hacia atrás en un largo mango terminado en voluta o anillo.
Estas armas se cargaban introduciendo por la boca la pólvora de impulsión, un taco y el proyectil (o proyectiles). No es posible obtener información fidedigna sobre el método de ignición: el empleo de la brasa o del hierro enrojecido introducido en el fogón no parece inverosímil. Pero parece más probable el uso de varilla con un trozo de mecha encendida asegurada a uno de sus extremos. Las armas portátiles podían manejarse de dos maneras distintas: una, similar al uso de la bazuca, con la cureña apoyada sobre el hombro derecho y la mano izquierda sosteniendo el arma, mientras la derecha permanece libre y dispuesta para acercar en el momento oportuno la brasa al fogón. Con el segundo sistema, la mano izquierda sigue soportando el arma, pero la cureña se oprime bajo la axila derecha. Es fácil suponer que con ninguno de estos sistemas era posible fijar la mira, cosa por otra parte de escasa utilidad dada la limitada precisión de aquellas armas.
Definiciones de cureña: 1. Armazón compuesta de dos gualderas fuertemente unidas por medio de teleras y pasadores, colocadas sobre ruedas o sobre correderas, y en la cual se monta el cañón de artillería.
2. En las fábricas de fusiles, pieza de nogal en basto, trazada para hacer la caja de un fusil.
3. Palo de la ballesta.

La evolución de las armas de fuego portátiles, desde su origen hasta la mitad del siglo XIX, está íntimamente ligada al desarrollo de su mecanismo de ignición. De hecho, con algunas raras excepciones, el sistema de avancarga permanece en uso general hasta mediados del siglo XIX, cuando se inventa el cartucho de latón. Solamente éste, que se expande con la deflagración, permite la realización segura y funcional de armas de retrocarga.
La llave de mecha
Mientras que el tirador debía sujetar el arma con una sola mano y usar la otra para acercar en el momento del disparo el fuego al fogón (Oído de las armas de fuego, y especialmente de los cañones, obuses, morteros, etc.), la eficacia del cañón portátil permanecería a niveles bajísimos. El primer progreso decisivo, probablemente surgido en los albores del siglo XV, fue la realización de un ingenio sencillísimo, el “serpentín”, que finalmente permite el empleo de ambas manos para dirigir el arma. Se trataba, al principio, de un brazo de hierro en forma de S empernado por su centro al lado derecho de la caja. En su extremidad superior, provista de quijadas, se fijaba un trozo de mecha (cuerda empapada en una solución saturada de nitrato potásico y cuidadosamente secada). Tirando del otro extremo con el índice, mientras el aductor del pulgar dirigía y mantenía el arma, se provocaba la rotación de la pieza. De este modo la mecha se ponía en contacto con la pólvora contenida en el fogón. Por exigencias prácticas – probablemente hacia fines del siglo XV -, el fogón ocupa una posición lateral, y nace la “cazoleta”, un receptáculo en forma de cuchara soldado al cañón y provisto de tapa.


Otro sistema utilizado fue el de “pestillo” o “palanca”: la sierpe – que ya opera siempre hacia atrás – estaba articulada a través de una excéntrica a una palanca empernada en los 2/3 de su longitud. El perno de la sierpe y el de la palanca se fijaban en un soporte metálico de forma rectangular y espesor adecuado, la platina, sobre la que también se afianzaba un resorte que, actuando oportunamente sobre la palanca, mantenía la sierpe en posición armada. En la extremidad opuesta de la palanca actuaba el disparador, que al ser oprimido por el dedo vencía la débil resistencia del resorte, abatiendo la sierpe sobre la cazoleta. Según los expertos de la época, el favor de que disfrutó durante dos centurias estaba plenamente justificado por su simplicidad, la robustez de su mecanismo y su bajo costo.
La llave de rueda
El arma larga de mecha, en su sencillez y resistencia, gozó de gran prestigio en el campo militar. Económica, de fácil mantenimiento y reparación, era sin embargo de uso lento y difícil. Cuando lo permitió la evolución tecnológica en el sector siderúrgico, entró en juego el eslabón, un utensilio de hierro acerado y de perfil adecuado para frotar la pirita o el sílex. Las chispas desprendidas se dirigían hacia un trozo de yesca, sustancia extremadamente combustible, obtenida de un hongo (Fomes fomentario) hervido en una solución saturada de nitrato potásico y luego secado en tiras. Con este sistema se encendería fácilmente el fuego, pero solamente a fines de siglo XV e inicios del XVI alguien logro utilizarlo para prender el cebo de pólvora de un arma. El artificio empleado recuerda el principio mecánico usado aún en la mayoría de los encendedores: un trozo de pirita sólidamente encajado entres fauces de un tornillo de apriete, el pie de gato, puesto en contacto con el perímetro estriado de una rueda. Haciendo girar esta rueda sobre sí misma, el roce entre metal y pirita provocará una lluvia de chispas que encenderá la pólvora. Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la llave de rueda y el encendedor moderno: en la primera, las chispas son fragmentos de acero incandescentes de la rueda, en el segundo se trata de trozos de la piedra, una aleación a base de hierro que arde por efecto de la rueda.

El pedernal
Como resulta fácil comprender, el mecanismo de rueda es complejo, costoso y bastante frágil, cualidades todas que obstaculizaron su general aplicación. En el campo militar siguieron reinando las armas de mecha, mientras que la rueda se reservaba para la caballería y escogidas tropas de élite. La principal característica del arma de rueda, otorgar una siempre dispuesta e inmediata ignición, representaba evidentemente una ventaja demasiado grande para ser menospreciada. Y así en toda Europa se trabajó intensamente en la concepción de un sistema de ignición mecánico más sencillo y barato. El advenimiento del mecanismo de encendido de pedernal, nacido con el nombre genérico de llave de sílex, es aún objeto de discusiones.

Los sistemas de percusión
Los compuestos capaces de detonar al choque eran bien conocidos desde comienzos del siglo XVII cuando Johann Tholde describió la preparación y propiedades del fulminato de oro. Hasta iniciarse el siglo XIX, los fulminatos se relegaron al papel de peligrosas curiosidades químicas. El primero que pensó en utilizar los fulminantes como cebo o medio de ignición fue un eclesiástico escocés, el reverendo Alexander John Forsyth (1768-1843). El más conocido de sus sistemas (1807) es el llamado hoy, por su forma característica, de “frasquito de perfume”. Otro artífico que obtuvo una difusión bastante notable fue el de ignición de “tubo”, ideado probablemente por el inglés Joseph Manton.  Luego de este sistema de fuego acaece con el decisivo invento de la cápsula metálica y la “chimenea”. Esta última es un pequeño cilindro perforado y roscado en una extremidad, que se atornilla sobre el oído y sirve de soporte a la cápsula, destinada a conducir la llamarada hasta la carga de la recámara. La cápsula, una copita de metal blando, conteniendo en su interior el fulminato, se introducía sobre la chimenea, y al explotar provocaba la deflagración de la pólvora negra contenida en el cañón. La invención de la cápsula, atribuida al angloamericano Joshua Shaw, señaló la desaparición del pedernal y fue la base de los sucesivos e importantísimos perfeccionamientos en los sistemas de ignición.

"Frasquito de Perfume"
Las armas de repetición
El objetivo más ambicioso perseguido por los armeros, fue siempre la realización de un arma de fuego capaz de disparar rápidamente la mayor cantidad de cartuchos posible. A través de los tiempos se idearon y utilizaron varios sistemas de armas de repetición, tales como los sistemas de cargas superpuestas, armas de varios cañones, armas de revólver, entre otras.